Alimentada a lo largo de los siglos por fenicios, visigodos, musulmanes, cristianos…, Mojácar es uno de esos oasis de cal que tanto identifican a Andalucía. Oasis que, pacientemente, discurre por estrechas calles y floreadas plazas en las que la vida parece tomarse un respiro para mostrarse plena y radiante.

Colgada de los últimos suspiros de la espectacular Sierra Cabrera, Mojácar, refugio inspirador de mil y un artistas, se antoja el lugar ideal para desconectar del mundanal ruido y entregarse a los placeres de un universo salpicado de historias, paisajes y sabores reconfortantes.

Reandar su historia de la mano de su iglesia parroquial de Santa María (1560) o la plaza del Parterre; perderse por las calles del Arrabal, lugar en el que se dice que vivió la colonia judía, o contemplar su espectacular frente marino desde el Mirador del Castillo son algunas de las muchas experiencias que te propone un término que, a lo largo de 17 kilómetros, se asoma al mar. Perfil costero que atesora algunas de las playas vírgenes más bellas de Andalucía, en las que el silencio solo se rompe con el sonido de las olas.

Considerado uno de los Pueblos Más Bonitos de España, Mojácar, la del característico Indalo (muñeco que se pintaba para proteger las casas y cortijos) y las afamadas fiestas de Moros y Cristianos, es reclamo de quienes disfrutan de la gastronomía tradicional, de producto, inspiradora de platos tan de raíz como el caldo de pimentón, las migas, los guisos de pelotas, los gurullos o el cous-cous, huella viva y exquisita de la presencia andalusí.